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Transporte en Bogotá: mi experiencia, mi responsabilidad

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Por: María del Pilar Sandoval

Vivo en Chapinero (calle 62 con cra 5) y trabajo en La Soledad (calle 36 con cra 28ª). Una vez en marcha, el trayecto dura alrededor de veinte minutos. Tengo dos posibilidades para recorrerlo: bus o taxi. La escogencia del medio de transporte depende de la disponibilidad de tiempo y efectivo. Si quiero irme en bus, debo salir 40 minutos antes de la hora de entrada (8am) a mi trabajo. Si quiero irme en taxi, necesito apenas media hora, pero 5.500 pesos más. He calculado el tiempo que debo demorarme bañándome, arreglándome, desayunando, etc. ¿Maniática del tiempo? No. En realidad es bastante simple: sabiduría del dormilón. Cualquiera que ame dormir entre las cobijas en Bogotá tanto como yo, sabe que cada minuto más cuenta. Con ese principio en mente, el sistema de administración del tiempo emerge como magia.

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Dependiendo de qué tan bien librada haya salido de mi batalla matutina con las cobijas, y de qué tan cerca esté mi billetera de recibir el anhelado pago mensual, me dispongo a pedir el taxi o caminar desde la carr

era quinta hasta la carrera trece para coger el bus. Les cuento entonces las dos experiencias. La primera es una conversación motorizada. El taxista me recoge y empezamos a hablar del tema que él ponga. Mi aporte es únicamente la primera frase: “y entonces amigo, ¿cómo va el trabajo?, la cual a veces viene acompañada de una segunda: “yo se que no es culpa suya, pero voy muy tarde y mi jefe es bravo con el tema”. A partir de allí he hablado de todo: el pico y placa, la inseguridad, la rabia con Petro, el horóscopo del día que viene con el diario ADN y que reparten en los semáforos, la universidad, y mil y un consejos del taxista sobre cómo mantener encendida la llama del matrimonio que algún día tendré.

Ahora la historia del bus. Una vez que llego a la cra 13 con calle 63, me paro a esperar que los buses me busquen. Sí, debido a la sobreoferta en la zona, el único esfuerzo que debo hacer es el de ponerme las gafas para identificar cuál de los buses que están dispuestos a parar me puede servir. Cuando me monto al bus, empieza un paseo turístico por la carrera 13 con banda sonora del folclor latinoamericano. La música, por supuesto, está a cargo de uno de los más reconocidos zares de la radio de Bogotá, el señor William Vinasco, quien no pierde la capacidad de ponerlo a uno de buenas pulgas con alguna canción de Wilfrido Vargas. La velocidad del bus, de nuevo como consecuencia de la sobreoferta, está entre 30 y 50 kilómetros por hora. Con todo y eso, por alguna razón que aún no logro entender, el recorrido nunca supera los 25 minutos. Adentro van personas de todo tipo: estudiantes de colegio, mamás con sus bebés, trabajadores de oficina, de construcción, parejas de novios, y las personas que viven de la economía del bus (vendedores de lapiceros, raperos, cantantes de guitarra, etc). Cuando logro superar el ensimismamiento que a veces se apodera de mi en la ciudad, disfruto pensando en las historias que puede haber detrás de todos ellos.

Sería injusto con Bogotá quejarme de mi experiencia con el transporte. Creo que ha sido positiva por dos razones: tengo la posibilidad de elegir mi lugar de vivienda -y escogí  por ello una ubicación central- y  el medio de transporte a usar; y acepté que si yo tengo estos privilegios, la responsabilidad por mi experiencia de transporte es fundamentalmente mía. A pesar de que tengo muchos amigos que tienen las mismas o más posibilidades de elegir que yo, lo que oigo constantemente son quejas. Tenemos una tendencia desafortunada a recargar la responsabilidad por la experiencia de transporte en el contexto y no en nosotros mismos.

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No niego todos los problemas de movilidad que tiene la ciudad, eso sería desinformado. Tampoco niego que hay personas que están forzadas a vivir a dos horas o más de distancia de su trabajo, y que por su nivel de ingresos están obligadas a utilizar un único medio de transporte o caminar largas distancias. Lo que defiendo es el valor que tendría para la ciudad que sus habitantes

nos preguntásemos ¿cuántos de nuestros problemas con la movilidad se deben a la insistencia de vivir en sitios que nos encantan pero que son demasiado lejos de nuestros trabajos?, ¿cuántos a nuestra resistencia a montarnos en Transmilenio o en bus y a nuestra insistencia en manejar un vehículo particular que va ocupado únicamente por nosotros y que rueda paralelo a una vía en la que hay oferta de transporte público?, ¿a cuántos conductores cedimos la vía hoy? ¿a cuántos insultamos como parte de una especie de catarsis por nuestros problemas personales o nuestra falta de planificación del tiempo?

Mi invitación es a que nos pensemos como protagonistas de nuestras experiencias con la movilidad de Bogotá. El contexto también es nuestra responsabilidad. Asumámosla.

Créditos a las fotos

Foto 1:http://teramchugh.com/top-3-time-management-strategies/#

Foto 2:http://india.blogs.nytimes.com/2012/07/09/next-stop-supreme-court-for-delhis-bitter-bus-corridor-battle/

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