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Creatividad e Innovación para el progreso de la ciudad

Transmi: Entre velocidades y estrés.

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Por: Miguel Andrés Fierro Pinto.

Editor: Germán Sarmiento.

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Foto: Tomado de ferrilus.blogspot.com

Todos los que en la actualidad bordeamos los 30 años, contrastamos lo que era la Bogotá antes y después de Transmilenio. Antes de que llegara a solucionar en parte los problemas de movilidad en una ciudad caótica, Bogotá era una ciudad llena de basura por todos lados, con poco sentido de pertenencia y con trancones insoportables que nos hacían llegar tarde -por acción y omisión- a todas las citas.

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Los cebolleros de la Caracas. Foto tomada de www.skyscrapercity.com

Tras 12 años de usar la palabra “Transmi” con la misma asiduosidad que la palabra mamá, Bogotá sigue siendo caótica, con basura, nuestro sentido de pertenencia se remite a celebrar cuando Millonarios y Santa Fe quedan campeones, pero a veces, cuando queremos y gracias a Transmilenio, sí llegamos a tiempo a nuestras citas y eso es una ganancia.

Eso sólo, fue suficiente para que la única ciudad del mundo con 8 millones sin metro, no se sintiera resagada. Terminó aceptando un sistema de transporte particular, propio de una ciudad que busca ser global pero que le cuesta ser local: rápido como un metro moderno pero incómodo, sucio e inseguro cómo los buses dietéticos y cebolleros de hace  años que hoy darían la misma risa que un casette, un betamax y un tocadiscos.

El dicho popular dice que cuando uno quiere algo tiene que pagar un precio, así sea alto. Ya nos acostumbramos a que si queremos llegar rápido, podemos morir asfixiados y nuestro deseo de pudor se evapora a la misma velocidad. También sabemos que si queremos llegar rápido y si los ladrones quieren podemos hacer muy malos negocios: un tiquete que cuesta $1.400, termina valiendo un blackberry de $400.000.

Nacido como una solución urgente para remediar el caos de la ciudad, Transmilenio se convirtió en LA SOLUCIÓN de todos nuestros males de movilidad. Diseñado para transportar 800.000 personas, hoy transporta a 1’600.000. Su éxito ha terminado siendo su problema. Tanto que un sistema que nace para complementar al Metro, va a lograr algo inédito en las grandes ciudades del mundo: que el Metro sea el complemento del Transmilenio.

En Medellín la cultura Metro es tan importante como el metro mismo. Un papel tirado en el piso o un maltrato en los asientos producen un linchamiento público.

En Transmilenio, un lugar libre es tan preciado como respirar, y las carreras y peleas por éste son una muestra evidente que el otro sólo importa cuando lo necesitamos. Las sillas azules por ejemplo son usadas por personas jóvenes y vitales, que ante la presencia de personas mayores, embarazadas y/o con alguna discapacidad, sienten más una amenaza que deseos de generosidad.

En la actualidad es uno de los pocos servicios cuya tarifa bajó respecto al año pasado, con sus ventajas y desventajas. El sistema de las tarjetas recargables también nos ahorra innumerables filas, siempre y cuando alguien nos explique qué diferencia hay entre la tarjeta roja de “usuario frecuente” y la tarjeta verde “tu llave”.

El Transmilenio nos ha sacado de la comodidad de las rutas directas y  nos ha ampliado la recursividad de buscar otras rutas cuando nos pasamos de la estación que queremos. La rapidez hace que traspasemos las fronteras simbólicas de una ciudad que pasa rápidamente de Nueva York a Bombay sin escalas. Sin embargo, es un sistema endeble en el que un paro, una calle mal adoquinada, o un ciclista despistado produce un caos que impide que las urgencias del mundo moderno sean resueltas. En conclusión, Transmilenio resume lo que es el mundo globalizado y moderno: caótico y rápido.

Para concluir se me viene a la mente una anécdota. Un amigo mío que vive en Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina quiere traerse a su novia argentina a vivir a Bogotá. Le hablaba de las incomodidades de donde viven y de las ventajas que tendrían en la capital con Transmilenio. En un momento ella explotó: “sé que el lugar que vivimos no es lo mejor pero ahí hemos hecho nuestra historia. ¿Qué calidad de vida tendría uno allá si en Transmilenio no se puede respirar y ni siquiera te abren la ventana de arriba porque dicen que hace frio? Eso sí, llegás rápido”. Hoy ellos dos siguen viviendo en provincia, a dos horas de Buenos Aires.

Transmilenio  es un total agridulce; agrio por lo estresante  y dulce por su celeridad. Ojalá pronto deje de ser un mal necesario y se trabaje sobre lo construido. 

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Caos para ingresar. Foto: Tomada de patiobonitoaldia.com

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