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Del ajiaco y otras historias

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Autor: Lina María Mayorga 

Existe una popular historieta del famoso humorista gráfico argentino Quino, se llama Mafalda. ¿Quién no la recuerda?  Esta pequeña de vestido rojo, pelo negro y corto, con un curioso moño en su cabeza, que a menudo la confundían con la Pequeña Lulú, le preocupaban los asuntos del mundo y la humanidad. Ella tenía una peculiar característica, ¡No le gustaba la Sopa!

¿Y a que niño no? Cuando yo era niña,  no comía bien y mi mamá se sentaba horas y horas a darme la comida, yo masticaba la comida 150 veces antes de pasarla, a veces me daban las 5:00 pm 0 6:00 pm almorzando. Pero había algo curioso, uno de los pocos platos con lo que no me pasaba esto era el Ajiaco. Estoy segura que si a Mafalda no le gustaba la sopa, fue porque nunca probó el Ajiaco Bogotano, o santafereño, como lo prefieran. Esta deliciosa sopa de pollo contiene no uno, ni dos, ¡sino tres tipos de papas! la sabanera, la pastusa y la criolla. Tiene también mazorquita. En algunos casos se le adiciona crema de leche o alcaparras. Y por supuesto, como toda buena receta tiene un toque que la hace especial: en el caso del ajiaco… la guasca. Suele acompañarse con arrocito blanco y aguacate. Se sirve bien caliente y preferiblemente en tazón de barro.

Esta sopa me recuerda las visitas los domingos a mis abuelos que vivían en una casa gigante en el Tejar, barrio en el sur occidente de la ciudad, me acuerda del perro Johnny, que cuando uno se descuidaba, salía corriendo con la tuza de la mazorca, y los tíos decían “preste para acá Jhony, no le quite la comida a la niña”. Y el pobre perro escapando de la chancla de tía y el periódico del tío, ladrando “Guau, guau, ggrrruuauuu” (traducción: Esta mazorca es mía,  no hay ni peligro de que te la devuelva). Con el tiempo los abuelos se fueron a vivir al noroccidente de la ciudad, en un apartamento en un tercer piso, con un gran parque en el edificio, en el que mis primos, mis hermanos y yo jugábamos yermis, stop de países y a las escondidas. La abuela se asomaba por la ventana de la cocina que daba al parqueadero y nos decía: ¡niños… pasen a la mesa que se les enfría!

Dejábamos nuestros juegos y corríamos a probar la delicia culinaria de la abuela y todos: primos, tíos, papás y hermanos, pasábamos a la mesa a compartir en familia y a hablar de si Santa fe había clasificado a los cuartos de final de la copa Mustang,  si Millonarios había perdido el clásico, si los primos ya habían ido al planetario para hacer su tarea de ciencias, si ya les habían comprado los útiles en la feria escolar de corferias, si todos pasaron “en limpio el año” en fin… tantas historias contadas alrededor de un delicioso Ajiaco. Nada mejor para los días de lluvia que un almuercito de esta exquisita sopa. Así que la invitación es que, si hace mucho no lo hacen, disfruten de esta tradicional receta en compañía de la familia.

0 pensamientos en “Del ajiaco y otras historias

  1. Un lindo recuerdo, uno es lo que es por esos grandes pasajes de la niñez… muy buen blog Lina!

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