El Blog – Liderazgo x Bogotá

Creatividad e Innovación para el progreso de la ciudad


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En una intersección, ¿Quién pasa primero?

Le planteo al lector la siguiente situación: al encontrarse 4 carros en una intersección, sin semáforo, cada auto en uno de los cuatro sentidos, ¿quién debería pasar primero?

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Esa pregunta me la hizo una amiga, un día que hablábamos de política, de movilidad, de Bogotá…

Ayer, yendo en cicla, me encontré con una situación que me recordó de la respuesta; la situación resultó más bien risible. En la calle 122 con carrera 19 había un trancón inamovible porque el semáforo tanto de la calle como de la carrera estaba intermitente; dañado.

Los carros que subían por la calle 122 habían quedado parados por los que iban al norte por la 19, los cuales estaban parados por los que bajaban por la 122, que no se movían por los que iban al sur por la 19.

Todos pitaban y hacían arranques, intentando encontrar un lugar por donde meterse.

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Los ciclistas se filtraban entre los carros parados en la intersección tal como cuando el agua se filtra por las piedras. Y los que me veían parada en la cicloruta viendo la situación me decían: “Dele por aquí. Vea, hmm, ahí hay paso”.

Viendo la situación quería hacer algo, es una de las ventajas de ir en cicla. Puedo simplemente bajarme, asegurarla y actuar. Caminé entre todas las intersecciones para ver qué podía hacer. Tal vez decirle a alguien que retrocediera y/o avanzara para que el trancón pudiera fluir.

Así que finalmente me le acerqué a una señora en una camioneta para que retrocediera y el taxi delante de ella pudiera hacerlo también; abriendo así paso para los vehículos de la 19.

Cuando me acerqué ella me miró con cara de desconfiada y ante mi petición de que bajara la ventana hizo una seña de negativa. Su respuesta me dio un poco de risa. Entonces, simplemente le dije lo que tenía en mente y retrocedió; al igual que el taxista. El asunto fue que una vez pasaron los carros que iban por la 19, no se detuvieron jamás y finalmente los de la 122 volvieron a intentar abrir camino… a las malas.

La situación no era compleja. Con que cada cierto tiempo y de forma sincronizada, los que van en un sentido pararan para dejar pasar a los que cruzan y viceversa, las situación estaría solucionada.

Pero, ¿cómo llegar a esa situación? ¿cómo ponerme de acuerdo con el que va en otro carro sin hablar? ¿cómo, si logro convencer a la de al lado para que pare, convenzo también al de la otra acera? ¿cómo aguantar los pitos de las personas de atrás que sienten que hay un imbécil que no ha sabido hacerse camino?

No lo sé.

En ese momento, en esa situación, lo que pensé que podríamos hacer es dos personas actuar como el semáforo. Regulando el tráfico, manteniendo los carros de la carrera, de forma coordinada, y luego los de la calle. Ahí pensé que posiblemente necesitaríamos 3 personas por cada uno de los sentidos pues una sola persona puede no ser vista como autoridad y por lo tanto podría arriesgarse a ser atropellada. Y si lo solucionábamos por unos momentos, ¿cómo haríamos que durara una vez nos fuéramos?

No encontré respuesta. Entonces, llamé al 123 Emergencias para que enviaran a alguien para que regulara el tráfico mientras el semáforo funcionara de nuevo. Ah! ¿Por qué tenemos que llamar a un en externo para que regule una situación? ¿Por qué no podemos autorregularnos? ¿Qué falta?

Hablando con Daniel Ángel, compañero del programa de Liderazgo, veíamos esta misma situación en Transmilenio cuando las personas salen y llegan al mismo tiempo de la estación y se quedan atrapados en el puente, porque nadie puede entrar ni salir.

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En ese momento un ciudadano puede proponer que los que están entrando paren mientras los que salen puedan hacerlo y luego de un tiempo que alguien de los que está saliendo pare para que los que estaban esperando puedan entrar.

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Pero, ¿cómo ocurre eso? ¿cómo logro confiar en que si paro a este lado, luego alguien al otro lado va a parar? La pregunta es risible; ¿cómo alguien va a parar realmente? ¿cómo va a saber cuánto llevo esperando? Simplemente va a intentar pasar y listo. Sin embargo, después de reírme un poco al imaginarme la utopía me imagino la situación y pienso ¿por qué no? La respuesta: experiencia. Cuando lo he intentado lo que termina ocurriendo es que no logro pasar. Espero a que eventualmente alguien pare, y tal vez otros paran esperanzados, pero eventualmente se dan cuenta que los del otro lado no paran. Entonces la situación caótica no cambia y no evoluciona. Por sólo un momento cuando la ilusión parece real, la burbuja se rompe.

Pero de nuevo… ¿Por qué no? ¿qué tal si paramos? ¿qué tal si no solo esperamos que alguien lo haga, para ahí si parar nosotros después? ¿qué tal si lo iniciamos? ¿qué tal si lo hablamos con amigos y lo proponemos? ¿qué tal si vemos a la de al lado y la intentamos convencer? ¿qué tal si dejamos de ver cómo salgo yo del trancón y vemos cómo salimos todos de la situación?

Parece utópico, pero creo que es posible. Seguramente al principio sólo escuchemos pitos… del taxista, de la buseta, del particular, motos y ciclistas pasándose por delante… Y tal vez sea frustrante.

Pero quizá eventualmente, nos escuchemos a nosotros, a los otros y lograremos ese sentimiento que hoy parece utópico: el de conectarme con el otro así no hablemos, porque simplemente tiene más sentido esperar un momento para que así avancemos todos.

Por cierto, respecto al ejercicio que planteé al lector, mi amiga me dijo que donde ella vivía pasaba primero quién había llegado primero y en ese orden seguían pasando.


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La bicicleta no es para todos

Por Ángela Marcela Hernández

Editado por Germán Sarmiento

¿En qué llegaste? ¡Te invitamos a usar la bicicleta! 

Así comenzó la intervención que hicimos hoy en una empresa que acogió nuestra campaña. Llegamos con 70 bombas amarillas, 20 negras y 10 verdes. Asumimos que la mayoría de las personas se movilizaría en transporte público, algunos llegarían en taxi, vehículo particular… y bueno motos, y unos pocos llegarían a pié o en bicicleta. Y así fue.

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Entregamos unas 35 amarillas a quienes llegaron en Transmilenio o bus. “Vivo en Soacha” “Yo en Nariño Sur” “Castilla” “Me demoro hora y media llegando desde mi casa”. Otras 15 bombas negras a una gran cantidad de motociclistas. “En moto me demoro la mitad del tiempo que tardaría en carro”. Y entregamos unas 3 verdes: dos a personas que llegaron a pié y una a la única persona que llegó en bicicleta: “Soy el único que viene a la oficina en bicicleta, lo hago desde hace 3 meses y es fantástico, me demoro menos y llego más feliz”. Perdimos unas 15 que se fueron al firmamento.

Las bombas causaron risa entre las personas que llegaron. El techo de la organización se llenó de tres colores. Tal vez algunos meditaron sobre el medio de transporte que utilizan para ir a la oficina. Carolina Boada, directora administrativa y de recursos humanos, quedó sorprendida al ver que Óscar González era el único funcionario de la organización que se iba en bicicleta: “me sorprende porque siempre veo a Oscar muy bien presentado, no sabía que llegaba en bicicleta”.

Y así es, en una organización de 120 personas, sólo una llega en bicicleta.

De regreso de la actividad, yendo en bicicleta, pienso que esta alternativa de transporte no es para todos. Primero, un bus del SITP pasa a unos centímetros mío y me empuja contra el semáforo. Luego, unos hombres desde una camioneta me gritan: “Mamita riiiiiiiiica”; los ignoro, e incluso desacelero, para no aguantarme sus comentarios. En el camino esquivo huecos, paso a buses que paran intermitentemente a dejar y recoger pasajeros; y de paso me llevo el gas carbónico negro que botan sus exhostos. También, andando en bicicleta puedo percibir el sol, veo a las personas que van en la calle, y me siento libre de andar a la velocidad que quiero. Me siento libre de no esperar al bus, de no ir apretada y que me empujen violentamente para ingresar a Transmilenio o para salir de él. Me siento energizada al ir haciendo deporte y sintiendo el esfuerzo en mis piernas. Sí, durante todos esos momentos en los que me doy cuenta de la ciudad, de mi ciudad… pienso… la bicicleta no es para todos.

La bicicleta es un medio de transporte que amo y disfruto, que me hace feliz y que siento que me conecta con la ciudad. Sin embargo, no siempre la puedo o quiero usar. Al preguntarles a las personas las razones por las cuales no llegan en bicicleta al trabajo, las encuentro muy válidas: “vivo en Usme”, “tendría que levantarme a las 3.30 am para llegar a la oficina a tiempo”, “comparto el carro con mi hermana”,  “me dan miedo los carros que pasan muy cerca”, “no hay respeto por los ciclistas”.

Entonces, sí, la bicicleta no es para todos, y tal vez tampoco lo sea para todas las ocasiones. Sin embargo, cada día son más los que la usan, los que rompen estereotipos y paradigmas. Los que llegan en traje y las que llegan en medias y tacones a la oficina… y en su cicla. Hay algunos que incluso para rumbear se llevan la bicicleta. Los que la utilizan como un instrumento para la paz. Los que se conectan con la ciudad en ella, y dejan de lado el vehículo. Los que se demoran menos tiempo en carros y buses, y más disfrutando la vida y a la ciudad.

Son ellos y ellas quienes día a día abren el camino para que aunque no sea para todos, cada día, sean más los que se sienten cómodos usándola. 


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Un viaje en el tiempo

Por: Andrea Valbuena – Jóvenes

Editado: German Sarmiento

“Las épocas más grandes de cultura son épocas de decadencia política”

Nietzche.

La principal problemática que identifico en la población juvenil es el consumo de LSD (trip). No estoy de acuerdo con el consumo de este tipo de drogas pues sus efectos llevan a la desesperación y desesperanza, sin embargo recorriendo un poco la época histórica en la que nos encontramos a nivel nacional, puedo decir que es una época que confunde y angustia, así no hagamos uso de estas sustancias. Claro está, una época que merece valentía, fuerza y una nueva visión

 “Vive un nuevo tiempo” “Bogotá Humana” traduce: carne fresca votante. Pero ¿cómo decirlo? Una parte de esa carne fresca se encuentra en centros de relajación mental porque es inevitable que esas personas que estamos conformando sociedad adulta estemos agobiados por la intolerancia, la represión, el elitismo, la inequidad y por el uso abusivo de ácidos alucinógenos.

Creemos en la evolución, en la tecnología, en la cultura, la música es fuerza sensorial, sabemos perfectamente que el motor que nos rige es el dinero, pero ¿por qué tenían que enfrascarnos entre prejuicios y odios? ¿entre rencores y envidias? ¿entre apellidos y clases? Creo que es el momento de empezar a intervenir de manera positiva nuestra realidad. Seguro que somos capaces de lograrlo, seguro podemos hacer que los niños cuando lleguen a nuestra edad no se sientan reprimidos y controlados.

La situación actual que como jóvenes tenemos que enfrentar es global. Creo que tenemos que unirnos como continente. América Latina es un viaje que sin LSD tenemos que emprender sin importar los riesgos, este nuevo tiempo del que hablan es la tercera era del mundo, la era de los países tercemundistas, países jóvenes, diversos en recursos, lenguas, etnias y felices todavía.

¿Por qué sobreponer nuestros intereses sobre los de Norteamérica? Porque no es justo que la CIA haya hecho experimentos con LSD para ver cuán paranoicos podíamos llegar a ser [1]. No es justo que estén sacando “lotes” de bebés genéticamente conformados con hasta tres clases de genes. La humanidad no funciona así. [2]

Los jóvenes Bogotanos y en general los Colombianos estamos llenos de problemas: educativos, laborales, sociales, etc. Pareciera que estamos dentro de un vaso que están agitano y al que llenaron, la mitad de basura y la otra mitad de agua. Yo digo, pronto ese vaso estallará, pasamos por un tiempo de revolución ambiental. He conversado con jóvenes emprendedores de cultura y la mayoría responden a un deseo: volver al campo.

Si bien es cierto que retroceder no es opción, volver al campo tampoco es la solución. Sin embargo, hay algo de lo que estoy segura, las movilizaciones y manifestaciones juveniles en contra de las leyes implementadas en los TLC para el campo y hacia los campesinos serán fructíferas.  Somos población unida, población generadora de cambio. No somos vándalos, recuerden: somos votantes.

Voy a generalizar algo: los jóvenes estamos inconformes con las políticas de estado porque no han cuidado nuestros recursos, porque han vendido nuestra tierra. Por eso les recomiendo estar atentos. Empieza nuestro viaje y en nuestro viaje, el de este tiempo, haremos cultura e historia, batallaremos por salvar lo que no han salvado, amaremos nuestra tierra basados en la tolerancia y el respeto a las diferencias. Estamos en una era cargada de energía, así que la utilizaremos toda para llegar felices a nuestro destino: la muerte.


 


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Violencia ciudadana en Bogotá: la inseguridad de las cifras.

 

 

Autor: Miguel Andrés Fierro Pinto.

Editor: Germán Sarmiento.

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Foto: Tomada de http://www.cambio.com.co

La llegada de Gustavo Petro a la Alcaldía de Bogotá marcó un hecho histórico en la historia de Colombia no sólo porque se convirtió en el primer ex guerrillero en ser elegido para el segundo cargo más importante del país, sino que lo hizo prácticamente sólo, venciendo a la Unidad Nacional Santista, al Uribismo y a sus excompañeros del Polo-Democrático. Sin embargo, fue electo con el porcentaje de votos más bajo de los últimos 20 años (31 por ciento), reflejando así la polarización de la ciudadanía en torno a su nombre.

Petro propuso en campaña un nuevo “modelo” de ciudad que rompiera con el continuismo del modelo Peñalosa que según él, se sostuvo por el Polo. La instauración de un gobierno verdadero de izquierda se hizo sin escuchar otros sectores políticos, creyendo que por ser elegido por una minoría debería gobernar para esa minoría y no para las mayorías. En pocos meses, hechos cómo  la prohibición de las corridas de toros, el holding de las empresas públicas, los desórdenes contra Transmilenio y la incapacidad de hacer acuerdos para tener mayorías en el Concejo; hicieron que su luna de miel con la opinión durara muy poco. Ya para abril de 2012, según la encuestadora “Colombia Opina”, la imagen desfavorable del burgomaestre era del 49 por ciento.

 

Sin embargo, la única política pública que contaba con cierta popularidad en amplios sectores de la sociedad fue la de la restricción al porte de armas, incluyendo las que tienen salvoconducto. Para evitar la vulnerabilidad de los ciudadanos, la Alcaldía Mayor propuso  que para complementar el desarme, la Fiscalía y la Policía hicieran controles periódicos en las zonas neurálgicas de la ciudad y se aumentara el pie de fuerza en la ciudad. Sin embargo, varios analistas insitían en que para que fuera exitosa la ley de desarme, habría que prestar atención al mercado negro de las armas ilegales ya que estas son responsables del 90 % de las muertes en la ciudad.

Rápidamente, la Alcaldía empezó a mostrar con cifras las bondades de la política de desarme y aunque en un principio se planteó para un período corto, terminó extendiéndose indefinidamente. El modelo de seguridad que Petro propuso en su campaña hablaba de involucrar a la ciudadanía en la política de seguridad, ejerciendo control sobre la policía y a su vez colaborando con ella para combatir la inseguridad y el crimen organizado. Sin embargo, cómo ha pasado con la mayoría de sus propuestas, buena parte de la ciudadanía no ha podido entender del todo el modelo de alcaldía “petrista”.

En diciembre de 2012, el comandante de la policía metropolitana de Bogotá, Luis Eduardo Martínez, y el secretario  de Gobierno, Guillermo Asprilla afirmaban que la taza de homicidio de Bogotá era la más baja de los últimos 29 años – (14,4 homicidios por 100.000 habitantes-. Si bien Bogotá tiene una de las tasas más bajas del país en cuanto a índices de homicidios, esta no se ha logrado reducir a cifras de un dígito. El desarme ha sido importante más no suficiente, porque la estrategia no ha venido de la mano de políticas más efectivas en torno al respeto y a la convivencia. Uno de los principales problemas de Bogotá es que existe una alta conflictividad social que se traduce en riñas en los barrios, donde deberían ser más efectivos los mecanismos de resolución conflictos de los problemas comunes.

Sin embargo, la Policía y la Alcaldía han centrado su política de seguridad en combatir los asesinatos y no en controlar otros delitos cómo robos en lugares públicos, riñas y los continuos paseos millonarios en taxis y buses. La calle para los ciudadanos dejó de ser un territorio de ocupación para ser uno de exposición. Hay una gran distancia en lo que entiende el gobierno distrital por seguridad y lo que sienten los ciudadanos y lo que reflexionan los expertos en seguridad ciudadana.

Cuando el pasado mes de abril, el periódico alemán Bild, manifestó que Bogotá era una de las ciudades más inseguras del mundo, el Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro manifestó que el artículo era calumnioso porque no tenía en cuenta que los homicidios habían bajado a una cifra sin precedentes. Por otro lado, la encuesta de “Colombia Opina”, en el pasado mes de abril decía que el 31% de los ciudadanos estaba en desacuerdo con las políticas de seguridad de la alcaldía.

El asesinato del agente de la OEA James Terry Watson en junio pasado,  visibilizó las carencias en las políticas de seguridad de la administración Petro, a pesar de los logros en la baja de los homicidios. El presidente Santos afirmó que este hecho “borró de un plumazo todos los esfuerzos que estamos haciendo para bajar los homicidios en Bogotá. La gente va a decir que si eso le paso a un agente de la DEA que le pasará a los demás”.

Pese a que los responsables fueron encontrados en tiempo récord, el hecho de que el homicidio fuera en un taxi público puso en evidencia que los ciudadanos se sienten expuestos en algunos lugares en el que se impone la ley del más fuerte. La Alcaldía de Bogotá, a raíz de muchos de estos hechos empezó a crear mesas de trabajo con los taxistas para evitar la inseguridad en este servicio público. Quizá sea un primer paso para que la seguridad en Bogotá sea una articulación verdadera entre Policía, Alcaldía y ciudadanos. Porque estos últimos no sólo quieren delegar a la Fuerza Pública su tranquilidad sino facilitar a través de la acción su propia seguridad.  

 


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Hagamos del grafitti un acto de arte original y legal

Autor: Mary Johana Hernández Araque

“No mujer, si hacer grafitis fuera legal, estaría en mi casa pintando en mis cuadernos morraquitos de Dragon Ball”, fue la respuesta que me dio un joven de unos 19 años cuando  le pregunté: ¿Y eso que usted está haciendo, es legal?

Él empezaba a grafitear el muro de cerramiento de un lote cerca al lugar donde vivo. Pintaba un algo que nunca supe que era, porque cuando fui a descubrirlo, unos 2 días después, alguien ya lo había borrado. Probablemente fue el dueño del predio que devolvió el muro a su estado inicial con un blanco impecable. Un blanco que seguramente volverá a provocar a algún artista urbano que lo  identificará como el lienzo ideal para la expresión de su arte.

Es curiosa la respuesta de este chico, que coincide con una anotación que hizo el grafitero Toxicómano, en una charla que nos dio al grupo de Líderes por Bogotá en la universidad de los Andes. Toxicómano dijo: “Por ley está prohibido pegar afiches, publicidad y hacer grafittis en la pared, esto es algo que tiene bacano el grafitti, que sea ilegal”, pero yo me pregunto ¿Y si fuera legal? ¿No sería el grafitti, de todas maneras, una excelente expresión de arte en el espacio urbano y una forma de evitar estereotipos como “Grafitero = vandalismo”, que traen drásticas consecuencias como el caso Diego Felipe Becerra? (Grafitero que fue sorprendido en el momento en el que expresaba su arte, donde quería plasmar su imaginario, donde seguramente buscaba embellecer un espacio residual y cambiar la percepción de imagen de la ciudad; y que terminó siendo ultimado por la “autoridad”). (http://www.eltiempo.com/noticias/muerte-de-grafitero).

Entonces, es con esta historia que acabo de relatar, que me animo a escribir esta corta reflexión sobre lo bueno que sería para la ciudad y los artistas que los grafittis fuesen legales. El siguiente fragmento habla de las características que definen un grafiti: “En el lenguaje común, el grafiti es el resultado de pintar textos abstractos en las paredes de manera libre, creativa e ilimitada con fines de expresión y divulgación donde su esencia es cambiar y evolucionar buscando ser un atractivo visual y con un alto impacto” (http://es.wikipedia.org/wiki/Aerosol_(pintada)

Grafitti en Madrid, España. Beyond Bansky Project. Fotografía: Stoyan Nenov Fuente: http://pinterest.com/pin/376824693791712219/

Grafitti en Madrid, España. Beyond Bansky Project.
Fotografía: Stoyan Nenov
Fuente: http://pinterest.com/pin/376824693791712219/

A partir de este fragmento de texto, confirmaría mi pensamiento sobre el grafitti como forma de expresión creativa, de remplazar la voz por los trazos, de  sacar la obra de arte de la galería al espacio público, al espacio que no excluye, de generar “un dialogo en la calle” (expresión de Toxicómano), de leer la voz de alguien que se anima a hacerlo. Claro, todo lo anterior dentro de unos condicionantes que realmente le den un valor artístico no solo de forma sino de significado, que permita leer un mensaje claro, provocador y convincente para el que lo contempla.

Fotografía: Colin Dilnot Fuente: http://pinterest.com/pin/376824693791540112/

Fotografía: Colin Dilnot
Fuente: http://pinterest.com/pin/376824693791540112/

Los condicionantes a los que me refiero tienen que ver con la expresión de un lenguaje crítico, estético y respetuoso; aquellos que seguramente ya fueron identificados en aquellos países en donde el grafiti es legal (http://matadornetwork.com/trips/10-places-where-graffiti-is-legal/). Sí, para mí también fue una sorpresa enterarme que hay países donde el grafitti es legal. Y es interesante ver cómo este arte es legal bajo el fundamento principal de saber que este acto forma parte de la historia de la humanidad y la cultura. Es por esto, que porqué no hacer de esta forma de expresión una oportunidad para embellecer la ciudad, para cambiar la imagen de aquellos  espacios urbanos que tienen en muchos casos un aspecto de suciedad, de abandono, de área residual, para diseñar espacios de participación atrayentes para el artista que puede expresar un pensamiento de “rebeldía”, pero con fundamentos verdaderamente solidos que le den la validez a su obra y pueda ser admirada por todos nosotros.

“Pensémoslo, hagamos del grafiti un acto de arte original y legal”

Finalmente lo dejo con un vídeo que expresa un concepto de reciprocidad increíble donde si se logra vincular a los grafiteros en estos proyectos de participación colectiva se dará un valor importante a su arte y a la sociedad.


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Bogotá en los medios 15, Septiembre 4 -10 de 2013

Miércoles, Septiembre 4 de 2013

Jueves, Septiembre 5 de 2013

 Viernes, Septiembre 6 de 2013

Sábado, Septiembre 7 de 2013

 Domingo, Septiembre 8 de 2013

 Lunes, Septiembre 9 de 2013

 Martes, Septiembre 10 de 2013


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Grafitis: la paradoja de construir ciudad a partir de la transgresión

Por: María del Pilar Sandoval

Primer encuentro con el grafiti:  Infancia. Cali. Mamá: “Pili: por qué pintaste las paredes con crayola?  ¡Para eso está el papel!.” Mi respuesta: rayar mi escritorio de madera con marcadores de colores.

Segundo encuentro con el grafiti. Adolescencia. Cali. Grafitis con mensajes de las barras bravas del América de Cali y el Deportivo Cali en los muros de la ciudad. Comentario del caleño promedio: “mirá como se tiraron el muro, y estaba recién pintado”.

Tercer encuentro con el grafiti: ¿Adultez? (lo siento, ¡a los 26 todavía no me suena normal!) Bogotá. Universidad de los Andes. Presentación de Toxicómano, reconocido grafitero de la ciudad. Cientos de fotos de grafitis que me deslumbran por sus trazos, los colores, o por el toque incendiario de sus mensajes.

Me alegra que haya ocurrido el tercer encuentro. De repente, lo que antes parecía tan condenable y ajeno se transformó en la expresión artística de un impulso de transgresión, que, a decir verdad, todos hemos sentido alguna vez.

Según la real academia de la lengua española, la transgresión es el acto de quebrantar, de violar preceptos. Debo reconocer que fui educada para verla como algo absolutamente negativo: “siga las reglas, y no pregunte, no obstaculice”. Toxicómano me recordó que gran parte del arte nace de la transgresión. Aunque ya se fueron de mi memoria muchos de los detalles de mis clases de historia del arte, recuerdo bien que cada escuela nacía como un rompimiento frente a los supuestos de lo que era considerado bello en la escuela anterior.

Naturalmente, no todos los tipos de transgresión resultan positivos para una sociedad. Los asesinatos, la corrupción, el narcotráfico y la delincuencia son sólo algunos ejemplos. Pero lo cierto es que la transgresión tiene un valor enorme: cuestionar los supuestos sobre los que la sociedad funciona. ¿Qué damos por sentado y por qué? ¿Qué es lo que vale la pena defender? La transgresión nos pone a pensar. Nos hace ver que si queremos ser una sociedad sostenible, tenemos que ser una sociedad pensante. Ya no es suficiente con obedecer.  

Les voy a decir entonces lo que me gusta de Toxicómano. Como a los 16 años el empezó haciendo, en sus palabras, actos vandálicos. En la búsqueda por expresar su inconformidad y la de sus amigos grafiteros con las oportunidades de desarrollo que la sociedad les ofrecía en ese momento, dañó el espacio público. Y, en palabras de abogado, lo hizo con dolo. Luego fue convirtiéndose en lo que es hoy, una persona que busca un muro de la ciudad para hacer arte. Lo que empezó siendo transgresión para dañar la ciudad, se transformó en transgresión para construir ciudad. Actualmente, Toxicómano dicta talleres de grafiti a jóvenes. Para hacer sostenible su actividad como grafitero, genera ingresos a partir de la venta de materiales para hacer grafiti. Su colectivo, Bogotá Street Art -junto con otros tres colectivos urbanos- fue seleccionado por el Instituto Distrital de las Artes, Idartes, para grafitear en los muros de la 26, entre la Caracas y la NQS, el 22 de julio de este año.

La convocatoria del Idartes en la 26 demuestra que, aunque a un ritmo bastante más lento del que uno quisiera, la ciudad va abriéndole un espacio a aquello que nace del impulso de construir. Construir arte, construir conciencia frente a un problema social, construir comunidad alrededor de un grupo de gente que erróneamente alguna vez llamamos desadaptados. Les diré que hoy no los veo así. Ser desadaptado es no entender en lo absoluto la sociedad en la que uno vive, y grafiteros como Toxicómano están lejos de eso. Así que, aunque él insista en que no es un profesor, con su perdón le digo que lo es.

Sobre la regulación de los grafitis en Bogotá, el proyecto de acuerdo 127 de 2011, aprobado por el concejo de la ciudad, permitió que se hicieran grafitis en unos espacios autorizados y prohibió la actividad en cualquier otro lugar no permitido por la administración, especialmente en el mobiliario urbano, el patrimonio cultural y el transporte público. Los espacios autorizados quedaron para definición de la administración distrital. Como era de esperarse, los grafiteros no estuvieron de acuerdo, pues gran parte del placer de grafitear está en hacerlo en un lugar que está prohibido para esos efectos.

En la actualidad las zonas no se han especificado completamente, y en una ciudad tan grande y cambiante como Bogotá, probablemente nunca se terminarán de especificar. Eso significa que la regulación está y estará en permanente construcción. Los grafiteros continuarán buscando espacios prohibidos, y el gobierno tendrá que seguir dejando claros sus “no negociables” (uno de los más críticos y que hoy tiene mayores costos para el distrito es el patrimonio cultural).  

A nivel internacional, las ciudades que han tenido éxito en la mencionada regulación –es el caso de Berlín- son las que han aceptado al grafiti como una forma de expresión que hace parte de la esencia de lo urbano. En lugar de prohibir por completo una dinámica que no se extinguirá, miraron cómo aprovecharla para el bien de la ciudad. En ese sentido, Bogotá ha dado un primer paso.

De esta reflexión me queda una sugerencia para avanzar en el camino de la regulación del grafiti: regular al artista desde la mentalidad del artista. Entender cómo piensa, qué lugares selecciona para grafitear y por qué, qué sanciones son las que realmente le afectan; y hacerlo parte en la construcción de esa regulación. Seamos un gobierno pensante, que se reta a trascender lo punitivo, a cuestionar sus supuestos sobre lo que es bueno para la ciudad, a sospechar lo mejor y no lo peor de sus habitantes, y, en definitiva, a construir ciudad con ellos. 

Les dejo fotos de grafitis que surgieron de una caminata por la localidad de Mártires con mi compañero de trabajo Jorge Torres, a quien le pedí que tomara estas fotos.ImageImageImage

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